Mucha gente entra en el taller y nos pregunta si sus neumáticos «aún aguantan». Casi siempre respondemos lo mismo: depende. La ley marca un mínimo de 1,6 milímetros de profundidad en el dibujo, pero fiarse solo de eso es un error. Y aquí, en Tarragona, todavía más.

El sol y el asfalto que arde en verano castigan el caucho más de lo que la gente cree, y cerca de la costa se suma la sal del ambiente. Un neumático puede tener el dibujo perfecto y comportarse como una piedra. Vamos a ver cuándo hay que cambiar las ruedas de verdad, al margen de lo que pide la norma para pasar la ITV.

Todos los neumáticos llevan unos pequeños tacos de goma dentro de los surcos principales. Cuando el dibujo se iguala con ese taco, has llegado al límite legal de 1,6 mm. Es el chivato.

Ese punto no es una referencia para ir tirando: es el final del camino. Mucho antes, el neumático ya ha perdido buena parte de su capacidad para evacuar agua. Con 2 mm de dibujo, el riesgo de aquaplaning en un día de lluvia fuerte ya es alto, y la distancia de frenado en mojado se alarga una barbaridad.

No esperes a ver el testigo. Prueba con una moneda de un euro: métela en el surco y comprueba que el borde dorado queda cubierto por la goma. Si lo ves, vas justo y conviene ir pensando en el cambio.

La cristalización: lo que más vemos en la Costa Daurada

Es el problema que más nos encontramos en Tarragona y el que menos gente conoce. La cristalización ocurre cuando el caucho pierde elasticidad por el calor del sol y el paso del tiempo. Se endurece hasta parecer plástico.

Y un neumático así no agarra.

Puede tener 5 mm de dibujo, pero si está cristalizado, en la primera rotonda algo húmeda o en una frenada de emergencia el coche se irá recto. Es como correr sobre hielo con zapatos de suela de madera.

Cómo detectarla:

  • Brillo: la superficie tiene un aspecto brillante, casi aceitoso, en lugar de mate.
  • Dureza: intentas clavar la uña en el dibujo y la goma no cede. Ni siquiera se marca.
  • Grietas: fíjate bien en los flancos (los laterales). Suelen aparecer grietas finas, como si la goma estuviera cuarteada. Es la señal más clara de todas.

Un coche que duerme en la calle todo el año o que se mueve poco es un candidato claro a tener los neumáticos cristalizados en tres o cuatro años.

La fecha de fabricación (DOT): los neumáticos también caducan

En el lateral del neumático hay un código alfanumérico largo que empieza por «DOT». Los cuatro últimos dígitos indican la semana y el año de fabricación. Un «3521», por ejemplo, significa que salió de fábrica la semana 35 de 2021.

El caucho se degrada con el tiempo. Aunque un neumático no se haya montado nunca y lleve años guardado en un almacén, envejece igual. Los fabricantes lo tienen claro: a partir de los 5 años desde la fabricación, conviene que un profesional los revise cada año. Con 10, toca cambiarlos sí o sí, les quede el dibujo que les quede.

Si compras un coche de segunda mano, es de lo primero que miramos en el taller. Más de una vez nos ha llegado un vehículo con neumáticos de aspecto nuevo que en realidad tenían ocho años.

Desgaste irregular: el chivato de otros problemas

Un neumático que se gasta mal te avisa de que hay que cambiarlo, y de paso te cuenta que algo más en el coche no va bien. Es un diagnóstico en sí mismo.

  • Desgaste por los bordes exteriores: falta de presión. Es lo más habitual.
  • Desgaste por la banda central: exceso de presión. El neumático se abomba y solo apoya por el medio.
  • Desgaste en un solo lado (interior o exterior): problema de alineación de la dirección, el famoso «paralelo». El coche se «come» las ruedas por un lado.
  • Desgaste a «escalones» o en «dientes de sierra»: suele apuntar a unos amortiguadores en mal estado, que hacen que la rueda rebote sobre el asfalto.

Ignorar estos desgastes es tirar el dinero. Si montas neumáticos nuevos sin corregir la causa de fondo, te los cargarás en pocos miles de kilómetros. Primero se arregla el coche; después, las ruedas.

Golpes y «bultos»: cambio inmediato, sin excusas

Aquí no hay dudas que valgan. Si ves un bulto o una hernia en el flanco, ese neumático se cambia de inmediato. Significa que se ha roto la estructura interna de mallas metálicas, normalmente por un golpe fuerte contra un bordillo o un bache. Puede reventar en cualquier momento, y no avisa.

Lo mismo vale para los cortes profundos y los pinchazos reparados en el flanco. El lateral es la parte más débil del neumático y no admite reparaciones seguras.

¿Cambiar dos o cambiar los cuatro?

Es lo que más nos preguntan. Lo ideal es cambiar los cuatro a la vez: así el coche se comporta de forma equilibrada y agarra igual en ambos ejes.

Si el presupuesto no da y solo vas a cambiar dos, hay una norma que no se discute: los neumáticos nuevos van siempre en el eje trasero.

Da igual que tu coche sea de tracción delantera. La estabilidad depende del eje trasero. Un coche que pierde adherencia delante (subviraje) se controla mucho mejor que uno que se va de atrás (sobreviraje). Poner las ruedas gastadas detrás es buscarse un susto en la primera curva con lluvia.


Revisar la presión una vez al mes y echar un vistazo a las gomas no te lleva más de cinco minutos. Hazlo. Apurar unos neumáticos que ya no están para circular acaba saliendo caro, y no precisamente en dinero.